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Los deseos del amante sobrevuelan la línea trazada entre lo bueno y lo malo, pues no entienden sistemas morales, instrucciones o imperativos, solo se mueven por el carácter inaccesible de aquella belleza inmaterial que los invoca; el corazón empuja en la dirección del alma, que con inocente osadía embiste hacia una silueta dibujada detrás de un espejo de cristal.